Tuesday, January 31, 2006

LA FUNDACION MIGUEL LILLO (TUCUMAN), PROTOTIPO DE UN ESTADO DECADENTE

“UNA HISTORIA INCREIBLE”
Introduccion

Algunas Instituciones del Estado, provenientes del pasado, de gobiernos y gestiones diferentes, permanecen aun impunes, sostenidas por todos los gobiernos que sucedieron al de sus orígenes. En este caso se puede decir que.. “En un recóndito rincón de la Argentina se ubica un sitio “macondiano”.... donde el atraso, las actitudes inquisitorias, la deshonestidad, la impericia, la ineptitud, permanecen inmunes, casi alejadas de los parámetros que rigen la vida de sociedades progresistas. Este novelesco sitio puede ser interpretado como el paradigma de la ceguera gubernamental de todos los tiempos, de un Estado Nacional contradictorio, muy flexible, permisivo, dadivoso, de un modelo de la mediocridad triunfante, de una pesa enorme que aplasta las voluntades y la libertad....
La vida cotidiana de un argentino medio, puede verse reflejada comparativamente con este modelo, el estatal, que se auto estafa, mientras pretende, actúa y juega a ser excelente, pero al final, resulta protectivo de la mediocridad que crece, carcome, y contamina.

LA FUNDACION MIGUEL LILLO (Tucumán)

Perteneciente al Ministerio de Educación de la Nación.
El gobierno, con los aportes de todos los ciudadanos, provee fondos para el mantenimiento de esta institución, y para el pago de salarios de mas de 250 empleados. Esta Fundación, paralelamente, genera importantes ingresos por vías privadas, posee bienes mueble e inmuebles, que ha adquirido históricamente a través de la malversación de fondos y subsidios nacionales e internacionales, además de la usurpación de los bienes legados a la Universidad Nacional de Tucumán.

EL ORIGEN
El científico tucumano Miguel Lillo, fallecido en 1931, donó, antes de fallecer, todos sus bienes a la Universidad Nacional de Tucumán, incluyendo sus colecciones científicas, biblioteca, bienes raíces y dinero, con el objetivo de que se constituyera un Instituto anexo a la Universidad, que lleve su nombre y que se dedique a la investigación científica. El testamento deja aclarado su deseo de que las colecciones y actividades científicas, sean mantenidas con los intereses que devengue el dinero cedido por testamento, que debían ser administrados por una Comisión Asesora Vitalicia. Parte del legado fue cumplido por un tiempo, hasta que comienza a deformarse en 1945, con acciones que desvirtúan el real sentido de la donación y culminan en una usurpación de bienes por parte de los sucesores de la primera “Honorable Comisión Asesora Vitalicia”.
Hoy (con el aval “inocente” de la Alta Sociedad tucumana, pero sumado el pueblo en general, todos convencidos gracias a la propaganda desplegada, del altísimo valor de sus científicos) la Fundación Miguel Lillo “mantiene”, decadentemente las instalaciones, pero independizada completamente de la Universidad de Tucumán, aunque sostenida económicamente por el Ministerio de Educación de la Nación, quien no les exige los requerimientos a los que son sometidos los docentes y científicos argentinos para mantenese en el sistema.

LA ADQUISICION DE PRESTIGIO
Originalmente denominado “Instituto Miguel Lillo” (como era el deseo del donante) y entonces reconocida como parte de la Universidad Nacional de Tucumán, muchísimos investigadores de alto nivel internacional fueron contratados llenando gabinetes y laboratorios. La institución estaba viva, 24 horas por día, siete días por semana. Hicieron crecer fantásticamente el patrimonio, y el conocimiento, transformando al Lillo en uno de los más importantes Institutos de ciencias naturales en América del Sur. Las Colecciones y biblioteca originales de Lillo eran importantes, pero no suficientes ni tan bien representadas como llegaron a serlo con el aporte de esta inmigración de “sabios” de todas las latitudes.

EL FLORECIMIENTO
En la época de oro, las bibliotecas estaban completas y al día. Los laboratorios funcionaban con las más novedosas tecnologías del momento, y las publicaciones de su personal eran periódicas, abundantes, y hasta lujosas. Se crearon nuevas secciones, para cada cosa en Botánica, Zoología y Geología, Museo para el público, fabulosas colecciones, herbarios, jardines e instalaciones modernas. Se creo la Escuela Universitaria de Ciencias Naturales en el predio, y sus investigadores cumplían roles de docencia y formación de discípulos, que llenaron numerosos espacios de investigación de la Argentina y del mundo. Se utilizaban aulas, gabinetes y oficinas de todas las construcciones edilicias de la manzana, para el dictado de clases teóricas y prácticas, seminarios, charlas y conferencias. Mas tarde esa “escuela” se transformo en Facultad de Ciencias Naturales, actualmente conviviendo en la misma manzana, pero sin mirarse entre si, y sin asumir responsabilidades ni compromisos comunes para los que habían sido creados. Reconocidas personalidades de las Ciencias
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COMIENZO DE LA DECADENCIA
Ese fabuloso avance despertó preocupación en otros ámbitos de las ciencias nacionales, y también un recelo que encontró la forma de infiltrar “investigadores” foráneos que invadieran el instituto de Tucumán, contratados, con el solo objeto de bajar las pretensiones de ese ámbito provinciano floreciente, que hacía sombra a los renombrados Museos de Buenos Aires y de La Plata. Así comenzaron a llegar, desde esas instituciones, algunos que emprendieron la lenta, pero continua tarea de minimizar el prestigio alcanzado. Las disconformidades con la idea, de algunos de los que llegaron, condujeron a una división de grupos y los que alcanzaron el poder conductivo comenzaron a desarrollar persecuciones, expulsiones, y contrariedades para inducir la deserción o renuncia de sus investigadores. El accionar principal fue el impedimento a la libertad intelectual. Lentamente, la nueva conducción institucional, favorecida por los avatares políticos de la Nación mezclados con los temporales “desintereses” de los rectores de turno, logró que la identidad universitaria sobre los bienes donados por Lillo, comenzara a disiparse. Al mismo tiempo la Comisión Asesora Vitalicia, avanzaba con la ocupación de los bienes universitarios, para finalmente, gracias a influencias eficaces con los poderes de turno, declararlos como de propia pertenencia. La Universidad perdió terreno, hasta hoy, y muchos de aquellos investigadores de la FML, originalmente empleados de la Universidad, fueron despedidos y cesanteados por ella misma. Sus lugares fueron ocupados por otros, que no reemplazaban nivel, sino que simplemente se los incorporaba para sumar una opinión mas que estuviera firme del lado de los directivos. Esta era (y lo es aun hoy) la única condición para acceder a un cargo rentado, casi vitalicio (obsecuencia, y “compromiso” con los “intereses” institucionales).

PARTE 2

LA REALIDAD INSTITUCIONAL ACTUAL

No es necesario profundizar en detalles para advertir la decadencia. Valga para esto mi experiencia personal, actuando como ciudadano común, intentando visitar la prestigiosa institución. En los dos últimos años visite la Fundación Lillo en varias oportunidades. Solo en ese tiempo pude ver el retroceso, en varios aspectos incuestionables, que están a la vista y que pueden ser experimentados por cualquier persona que lo intente.

EL MUSEO PÚBLICO

Me sentí intrigado al leer la página Web institucional, http://www.lillo.org.ar/,
desactualizada, donde decía: “ciento veintiséis investigadores y técnicos, altamente capacitados, desarrollan estudios en áreas de zoología, botánica, geología y bacteriología, puras y aplicadas, en el ámbito de 16 institutos propios de la Fundación Miguel Lillo, cinco de ellos por convenios con el CONICET, que incluyen el CIRPON, CEVEG, CIRGEO, CEFOBI y el CERELA”.
Ante semejante monstruo de la ciencia, pensé que lo mejor sería comenzar visitando aquello a lo que un ciudadano común podía acceder, sin amedrentarme ante tanta sabiduría. Comencé así por los diversos sectores y viví algunas experiencias:

MI VISITA

La primera visita la hice un día miércoles por la tarde. Ingresé, pero no encontraba a nadie que pudiera atenderme, y casualmente un individuo que salía, se dignó informarme que el Museo solo podía visitarse en horarios matutinos. En consecuencia volví, por segunda vez, un sábado, pero ya por la mañana. Los portones de acceso (valga mencionar que bastante deteriorados), estaban cerrados. Esperé más o menos 20 minutos golpeando mis manos, hasta que una persona vino a atenderme, y a preguntarme que es lo que buscaba. Le explique que deseaba recorrer el Jardín y ver el museo, pero me respondió que eso solo era posible de lunes a viernes en horarios de la mañana. Sorprendido, le manifesté mi desconcierto ante el hecho de que un museo estuviera cerrado los sábados y domingos, que son casualmente los días en que los padres pueden llevar a sus hijos a esparcirse y cultivarse. Sin muchas explicaciones, el individuo me dijo que el solo “cumplía órdenes”. Tuve una sensación desagradable, retrospectiva... “solo cumplo órdenes”... Lógicamente, me empeñé en lograr ver ese Museo, y volví. Esta vez lo logré, un día de semana por la mañana, y pude recorrerlo.

El Jardín
Apenas traspasado el muro ya se avisan aspectos de una mentalidad museológica (me dije a mi mismo), siendo esta la cumbre de mis sensaciones, luego en descenso paulatino a medida que avanzaba. Recorrí el Jardín, que se dice que es como era cuando la selva ocupaba la llanura tucumana. Me mezclé entre plantas que tenían algunos cartelitos indicando la especie, aunque algunos no se pueden leer. Me encontré con un mármol cubierto de verdines en el suelo, dentro del jardín, y tras un poco de esfuerzo pude leer que abajo, estaban los restos del famoso Miguel Lillo. Mas allá unos pedazos de pared de ladrillo de lo que quizás fue su primera casa. No pude ver su habitación que dicen que se conserva tal como quedo desde su muerte. Después vi algo que al principio pensé que era una especie de “colección” externa de antigüedades: Un enorme camión FORD de los años 50, que parecía ser aquel que debió haber llevado a los Investigadores en sus viajes de exploración de la época. Pero como no tenia un cartel indicativo, pregunte a alguien de que se trataba, y me explicó que ese “mamotreto” está allí abandonado desde hace mas de 30 años. Al parecer actualmente se utiliza para acumular basura. Me dijo que nadie lo reclama porque el motor pertenece a la Universidad y la carrocería a la Fundación. Mi confusión era mayor. Después vi otros cadáveres de vehículos abandonados, evidentemente desde muchos años atrás, de acuerdo a su aspecto y acumulo de suciedad, hongos y herrumbre. Que pena sentí al imaginarme la gloria de haber tenido ese vehículo cuando lo adquirieron. Y mas pena al imaginarme el esfuerzo del estado para adquirirlo, y que fuera así abandonado por un “conflictillo” de intereses… También vi fuentes de agua inmunda, verde, más oscura que las más verdes hojas de los árboles en verano, y con unas famélicas tortugas que probablemente se comen entre ellas. Un jardín de cactus de zonas áridas, sobresaturados de agua por este clima tropical, me hizo retirarme de jardines para intentar distraerme en los salones del museo.
El museo: consiste en un una especie de gran sala para un lado que contiene animales y plantas, y otra hacia el otro lado que posee rocas y fósiles. Ninguno de los dos me sorprendió. Por el contrario, me pregunté a mi mismo porqué estaba perdiendo mi tiempo allí, donde los objetos no parecían conservados ni instructivos, sino encerrados, rodeados de polvo y sufriendo el deterioro de los años. La cartelería era deprimente, anticuada, errada. No quería sentir que mi tozudez no podía ser recompensada, e insistí ante quien se cruzara a mi paso, preguntando donde se podía ver algo de animales o colecciones. Alguien me mandó al cuarto piso, diciendo que había una magnifica colección de aves y mamíferos que podía visitarse. Hacia allí me dirigí, ingrese al acceso del edificio indicado, de 4 pisos, me pare frente al ascensor, apreté el botón correspondiente y quede esperando, pero viendo que las personas subían y bajaban por las escaleras. Un joven se dignó informarme que el ascensor no funcionaba “como es habitual”. Emprendí mi ascenso por las escaleras hacia el cuarto piso y al llegar, solo dos portones de madera, uno a cada lado, sin indicaciones de adonde ir. Toque un timbre que encontré y minutos después una joven abrió el portón. Al solicitarle ver las aves, me respondió que no se encontraban allí que habían sido trasladadas al “otro edificio”, pero agregando que esas aves no formaban parte de las exposiciones abiertas al publico. Descendí nuevamente las escaleras, entretenido leyendo los carteles dispuestos en cada piso, casi ninguno de ellos relacionado con cuestiones científicas ni académicas, sino con venta de productos, desde computadoras hasta la más excelente miel del mercado, “aprenda Ingles”, y otros más simpáticos como:
“celebramos el segundo aniversario sin ascensor, gracias autoridades por preocuparse por nuestra salud”.
También el ingreso a cada piso estaba bloqueado con enormes puertas de vidrio, y para acceder había que leer cuidadosamente la cantidad de timbres que debían sonar para llamar a tal o cual persona. Cada piso tenía un cartel informando:
“Prohibido el acceso a vendedores ambulantes, sin excepción”
y otro,
“Mantenga las puertas cerradas por su seguridad”...
y otras formas variadas de indicación de todo lo que esta prohibido. Sin embargo no había tenido yo impedimentos para acceder a cada piso. Solo debía leer cuantos timbres tocar para buscar a fulanito.

PARTE 3

IR DE NOCHECITA AL LILLO

El escorpión: Un año después de mi “tour museológico”, una tarde, pasadas las 19, llegó a mi casa una vecina desesperada porque su hija había sido mordida por un escorpión, que lograron atrapar y colocar en un frasco de vidrio. Le dije: “hay que llevar el animal al Lillo, allí nos dirán que hacer”. A las 19:30 llegamos, ingresamos sin que nos vieran, porque nadie había para atendernos, y nos dirigimos hacia el edificio que había visitado antes. Una persona que encontramos a nuestro paso dijo que ese tema debíamos consultarlo en el tercer piso, porque “ahí están los que estudian eso....”. El ascensor seguía en su mismo lugar, no se había reparado, pero ahora la aceptación del personal sobre ese hecho había generado mover los paneles informativos cubriendo las puertas del ascensor, ya que así ocupaban menos espacio y al final esas puertas ya no se utilizaban.
Tuvimos nuevamente ascender por las escaleras, con la desventaja de que ahora la oscuridad era casi total. Ni una luz en el trayecto de tres pisos de escaleras, excepto los reflejos de uno de los pisos, que tenía luces encendidas adentro, y reflejaban dándonos una pista de donde pisar para no matarnos de un golpe. Al llegar observamos muy poca actividad humana. Tocamos varios de los códigos de timbre, indicados en un cartelito desprolijo, pegado sobre el vidrio del portal de acceso al piso. Comenzamos por un timbre corto, después uno corto y uno largo, después uno corto, uno largo y otro corto, hasta que un investigador vino a atendernos y a rapidamente decirnos que no era ese su tema. También dijo que no había nadie allí a esa hora, y que todo el mundo se había retirado. Protesté enérgicamente ante la desatención para un problema tan serio de salud de un ciudadano, y el joven investigador avergonzado, alcanzo a decir: “Nadie trabaja aquí después de las 6 de la tarde”. La explicación que siguió fue que desde hace ya varios años la gente comenzó a acostumbrarse a las retiradas tempranas. En realidad, a contramano de cualquier instituto de ciencias del mundo, aquí se trabajaba en horarios administrativos, de 07 a 13 o 14 en la tarde. Nos dijo que antes era diferente pero la orden de evacuar el edificio a las 8 de la noche era inapelable y se justificaba en “economía” de energía eléctrica, impuesta por “la administración”. Comencé a reírme al escuchar eso, que ya tiraba abajo toda mi fe en la ciencia tucumana, y para defenderse, el joven me mostró una copia de la resolución emitida por el “administrador” en la cual, no solo decía eso, sino que advertía a los investigadores que incumplieran y permanecieran adentro del edificio, que pasados los 10 minutos de tolerancia, se exponían a quedar encerrados, con las “consecuencias que ello acarrearía”. Esa copia de la nota estaba firmada por todos los investigadores de todos los pisos, algunos de los cuales lo firmaron “en desacuerdo”, y pude acceder a una copia. En el transcurso de la conversación, ya a las 8 de la noche, escuchamos el ruido que hacía el guardia subiendo las escaleras, linterna en mano, tocando timbres en cada piso, y apagando las luces, para despedir a la intelectualidad que aun permanecía en el predio, hasta el día siguiente. Pocos fueron los que salieron, a esa hora, pero nadie quedó adentro.

El edificio

Nos retiramos, no había alternativa. El caso del escorpión no fue serio, pero no lo resolvimos ahí, sino con un medico privado. Me sentí estafado por mi país, dilapidando fondos en administraciones ineficientes y mentirosas, en administradores nepotistas. Un día recorrí las periferias de la manzana, y el panorama no era para nada diferente, y ya comencé a ver las cosas caóticamente, había perdido la objetividad y admiración original, de modo que mi visión de las periferias podría estar viciada, haciéndose necesaria la opinión de otras personas. Lo más deprimente era la cercanía del museo con las ruinas de un mercado abandonado, aun utilizado por puesteros temporales, y repleto de restos de verduras podridas en el piso, pastos crecidos rodeando la manzana, portones precarios de lata cubriendo accesos jamás utilizados, letreros borrados por el tiempo, indicando en general alguna prohibición, perros vagabundos y enormes ratones que gozaban de una perfecta salud. Los ratones eran presa continua de la jauría de perros instalada dentro del Instituto, los que ciclotímicamente podían, o atacar entre todos a un visitante, o simplemente dormir, en cualquiera de los pisos, o en cualquier sitio de los jardines. Ellos eran libres. Esta escena perruna pude verla también entre fines de diciembre y fines de febrero. Fui en varias ocasiones, a la mañana y a la tarde. La Institución estaba totalmente cerrada por la tarde, solo abierta a la mañana, y ahora con carteles que indicaban que toda persona, incluido el personal, tenía que presentar sus documentos para poder ingresar. Lo mismo entré cuando nadie custodiaba el acceso, cosa bastante frecuente, y en un par de oportunidades fui atacado por los perros, y nadie vino a salvarme. En ese periodo de visitas, el acumulo de basura era inconmensurable, ya que hasta el personal de limpieza había sido beneficiado con el largo asueto “universitario”, inapropiada actitud para quienes están a cargo de custodiar bienes del estado y de la humanidad. En los pisos se podían escribir largas frases, por la cantidad de polvo acumulado, hojas y ramas por todos lados. Una vez mas, los perros durmiendo en cada piso, disfrutando del silencio y la paz de la ausencia de seres humanos cumpliendo con el avance de la ciencia.

Y quien paga los sueldos?

Me encargue de obtener alguna información sobre las potenciales causas de este despropósito. Y no se si encontré algo, pero en esas averiguaciones me informaron que ningún investigador ni empleado, de ningún tipo, rendía concurso para ingresar al sistema. Es algo hereditario, una decisión del Sr. Lillo para la posteridad. Una especie de toque mágico a ciertos ciudadanos, que quedaron “a cargo” de custodiar sus bienes, con esa sola responsabilidad, sin beneficios personales, sin usufructo… Pero, lo extraño es que los cargos de los investigadores son equivalentes a los cargos docentes de la Universidad, es decir Auxiliares docentes, Jefes de Trabajos prácticos, profesores adjuntos, asociados y titulares. La mayoría de los empleados se acopla también a los niveles de dedicación, y casi todos son de dedicación exclusiva. Y es por eso que me sorprendió no verlos en tantas oportunidades. Además, no cumplen funciones docentes, ni la carga horaria para eso. Y aparentemente la función de investigación es bastante escasa y de dudoso mérito. Es mas, se podría decir que cumplen muy pocas horas de trabajo. Al no rendir concursos para acceder a un cargo, deben tener pautas regidas por el Ministerio de Educación que paga los sueldos, para decidir a quienes hacer ingresar en sus plantas permanentes (será?). Al final, los “herederos” y sus futuras sucesiones, venden esto como una especie de paraíso, y el pueblo siente orgullo de que esa gracia divina se asiente en suelo tucumano. Es decir, del Lillo para afuera, la visión global es mágica. Adentro, las cosas son diferentes.
Para acceder a esos beneficios que los dioses entregan, como la “estabilidad laboral”, no alcanzada aun por universitarios, hay que someterse. Por ejemplo, existe una resolución institucional, que informa a los investigadores que no tienen libertad para publicar los resultados de sus investigaciones en revistas externas a las institucionales (que se imprimen sin continuidad y con sospechoso arbitraje, básicamente interno). Pero para mejorar este mensaje, advierten a los investigadores que para publicar en revistas externas, deben previamente solicitar autorización de las autoridades, y de hacerlo sin ella, podrían recibir sanciones.
Que se interprete esto de la manera que sea posible. Pero no dejemos de tener en cuenta: quien paga los sueldos?.

Nepotismo y excelencia

Este complejo mundo “lilloano” trajo beneficios para quienes aceptaron sus condiciones, y así la institución garantiza trabajo a sus empleados y familiares. Son comunes las parejas y matrimonios de empleados, unos investigadores y otros técnicos. No importa la capacitación que tengan para las funciones que se les asigna. Parientes de los directores, de los jefes de área, del administrador, y actualmente de la Directora, tienen cargos vitalicios, sin concursos y sin especialización alguna. Se discute el nivel académico de la actual directora, y sus propios colegas confesaron que nunca alcanzó un título máximo, y se duda que haya alcanzado algún titulo medio, aunque ejerció la docencia en la universidad por muchos años. Sus parientes mas cercanos ocupan cargos rentados en la institución. Pero esto es común en todos los niveles, y la lista es monumental.

El Personal No Calificado

El personal no capacitado, cumpliendo funciones de “capacitado”, percibe sueldos, beneficios sociales, aportes jubilatorios y otros privilegios estatales. Entonces sería absurdo esperar que estén de acuerdo en someter sus puestos al rigor de un concurso o a las exigencias de mejor rendimiento. Consecuentemente se hacen cómplices de un sistema corrompido, al cual el Estado Benefactor, hace la vista gorda, inexplicablemente. Quizás lo haga por el “chiquitismo” que representa este fenómeno, ante la presencia de situaciones de mayor importancia.
Hoy se comenta que el deterioro institucional no es desidioso, sino premeditado, y algunos investigadores, inclusive salen a la defensa de la decadencia y la justifican con el “GRAN CAMBIO QUE SE VIENE”. Evidentemente (dicen los comentarios), los que justifican esto aspiran a la herencia divina del pobre Miguel Lillo (aunque su tumba sigue con moho).

PARTE 4

La Fundación Miguel Lillo, avalada por influencias políticas locales, nacionales e internacionales (se habla del Vaticano), de profesionales de las leyes y otros vínculos variados de miembros de la Comisión Asesora vigente, y de las anteriores, desde hace mas de 40 años, ha logrado posicionarse en las mas altas esferas de la Argentina, llegando en un momento a ser dependiente de manera directa, de la Presidencia de la Nación (a igual escala que el CONICET), y luego sostenida por otros Ministerios. La Universidad Nacional de Tucumán, ha hecho la vista al costado para evitar asumir el legado de Lillo como propio, cediendo de ese modo un derecho “adquirido” a quienes se hicieron cargo (aunque con el solo objeto de obtener beneficios personales para sus directivos, administradores, investigadores, técnicos y personal no docente). Ni las autoridades universitarias, ni las ministeriales nacionales han reclamado, jamás, su derecho sobre los bienes donados por Lillo, permitiendo así la usurpación de la voluntad testamentaria, y dilapidando fondos sin incumbirle el impulso de la excelencia, o de la producción mínima como mecanismo de persistencia de sus asalariados en el sistema. Paradójicamente, existe una mezcla insana de aportes del Estado a la Fundación Lillo, para mantener esta monstruosa estructura, que finalmente ha dejado de cumplir los roles para la que fue creada.

Por casi 40 años, y hasta recientemente (diciembre de 2004) la Fundación fue dirigida por José Antonio Haedo Rossi, responsable primario de la decadencia y el atraso científico institucional, empleando prebendas, prestamos de dineros, premios y castigos. Además fue interventor del CONICET para la dictadura militar continuando inexplicablemente en su cargo de director del Lillo hasta la fecha indicada. Durante esa intervención, se mantuvo como Director de la Fundación Miguel Lillo y mediante el poder de ese cargo logró que la Institución fuera reconocida por el Estado Nacional, fundamentalmente autoritario entonces, para alcanzar que se consolide a escala nacional y provincial, de la mano de Antonio Bussi. Paralelamente se disparó una campaña “enternecedora” de hipnotismo hacia un pueblo que terminó “admirando” tanto, hasta el día de hoy, a esa fabulosa “Casa del Saber” que era la Fundación Lillo, “orgullo de los tucumanos”. Tal era (y es) la confusión, que al mismo tiempo se admiraban las paredes blancas, las tapias con tejas rojas, y los tanques de agua de las casas provinciales, pintadas con el color de la bandera Argentina, impuestas por órdenes de Bussi (emitidas en sus momentos libres, cuando no se entretenía disparando en la cabeza a alguien maniatado, para después hundirlo en el Dique el Cadillal, agrandando la lista de desaparecidos). Se llego a decir que en esa época, los sótanos de la Fundación Lillo eran utilizados para torturar a detenidos. Ese vínculo con el gobierno de facto favoreció a la Fundación Lillo, la que con sus actitudes represivas y atemorizantes, despertaron un terror y asombro que persisten aun hoy impidiendo la libertad de expresión, y desarrollando la obsecuencia. Las mentadas y populares denuncias anónimas de entonces, quizás fueron una más de las razones por las cuales desaparecieron personas, y también de la persecución permanente para quienes no estaban de acuerdo con sus políticas. Se utilizó el poder sucio para eliminar a investigadores de alto prestigio nacional e internacional que trabajaban en la casa (Muchos de Uds., lectores, sabrán los nombres). Todos fueron perseguidos y eliminados de algún modo, en algún momento, de las plantas de investigadores institucionales, antes, durante y después de las dictaduras. La Fundación Miguel Lillo instauró su propia dictadura, independizada incomprensiblemente del Gobierno, que lleva más de 40 años, a la cual el personal debió, o someterse, o retirarse. Con el retorno de la Democracia todo esto fue obviado, “no visto”, y las acciones persecutorias de algunos personajes, fueron enmascaradas con la benevolencia de una sociedad engañada (incluyendo jueces, ministros, presidentes, gobernadores) que no concebían siqui! era la posibilidad de que esa sagrada institución cobijara un rasgo de militarismo faccioso que impida el crecimiento científico e intelectual, matándose de risa y burlándose de la memoria del hombre que les sirve aun de pantalla: Miguel Lillo.
2006
Hoy esto se sigue manifestando. Luego de las visitas aisladas el año anterior al famoso MUSEO LILLO, que dieron como resultado la frustración por la imposibilidad de verlo, por estar cerrado, vienen a manifestarse nuevamente, un año después en idénticas condiciones: Permanece aun cerrado. Pero lo más novedoso es que los portones ahora están abiertos hasta las dos de la tarde, y luego vuelven a cerrarse y no creo que con investigadores adentro. Uno atraviesa los portones, piensa que la libertad ha regresado al predio, avanza, llega hasta uno de los edificios (a ese que en ocasiones anteriores visite sin luces ni ascensores) sin dificultades. Al llegar al portal vidriado, ya pueden advertirse las sorpresas. Se ha instalado un “guardia” que “controla” al mas perfecto estilo de edificio militar, toda persona que ingresa al mismo. No pueden ingresar personas ajenas, ni a visitar a otros que allí trabajan, ni hacer consultas académicas y científicas! , ni viejos empleados que no hayan solicitado autorización para “trabajar” en el verano. El acceso esta restringido a quienes están listados en el papel que tiene el guardia. La orden de impedir trabajar proviene de los directivos, algunos de ellos inclusive investigadores del CONICET. Estos favorecen la restricción del avance de la ciencia y de la difusión cultural. No se permiten investigaciones después de las 2 de la tarde, no se permiten investigaciones los fines de semana ni los días feriados (como el resto del año)9. Allí, la libertad esta restringida, los ojos del gobierno no ven por esa zona, los derechos de la universidad doblan en la esquina anterior y se pierden en las listas de promesas inconclusas de rectores indefinidos.
EM

1 comment:

Anonymous said...

Hola!Paso a contar directamente: Soy alumno de laFacultad de ciencias Naturales e Instituto Miguel Lillo. Es menester expresar tambien mi descontento por la catual situacion de las instalaciones, ya que lo vivo dia a dia. En cualquier forma de empezar por terminar esto cuenta conmigo.
Gracias
Pablo E. Machuca Arias